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El incomparable amor de Dios

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Amor inmensurable de Dios
Amor inmensurable de Dios

“Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenarlo”

Si Dios hubiese actuado como el hombre lo hace habitualmente, habría enviado a su Hijo para juzgar al mundo. Esto sería lo lógico viendo la forma en que las criaturas ofenden e ignoran a su Creador.
Pero el propósito de Dios al enviar a su Hijo al mundo no era conducir a los hombres al juicio sino a la salvación. El corazón de Dios está lleno de ternura para con el hombre, y ha ido hasta el último extremo para poder salvar a los hombres.
Sin embargo, el juicio es inevitable y es el hombre el que lo trae sobre sí cuando se niega a aceptar el regalo de Dios. De hecho, el Hijo ya ha recibido toda la autoridad para hacer juicio (Jn 5:27),
aunque éste no fue el propósito de su primera venida, que tenía como objetivo dar su vida por los pecadores para que fueran salvados.
El apóstol Pablo resumió el propósito de la primera venida de Cristo con estas palabras:
(2 Ti 1:10) “…La aparición de nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio”
Nadie en este mundo podrá decir que ha sido juzgado sin haber sido previamente amado por Dios.
Todas estas afirmaciones que encontramos aquí chocaban con la opinión popular de los judíos de aquella época que creían que cuando el Mesías viniera condenaría a los paganos, castigando a todas las naciones que habían oprimido a Israel.
Y por supuesto, ellos creían que serían automáticamente salvados por él por el hecho de ser judíos. Pero este exclusivismo fanático no era el designio salvador de Dios, que no limitaba su amor a Israel, sino que lo extendía a todo el mundo.

“El que no cree, ya ha sido condenado”

La fe en Cristo es la única manera en la que el pecador puede ser salvado de la condenación eterna. Esto es así porque él pagó la pena de los pecados de todos los que ponen su causa en sus manos.
Por esta razón el creyente en Cristo no viene a juicio, porque de hecho ya ha sido juzgado y condenado, aunque ha sido Cristo quien ha pagado por él. Esta es la razón por la que el auténtico creyente puede tener la seguridad eterna de su salvación.
(Jn 5:24) “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.”
Y del mismo modo, el pecador que decide permanecer en incredulidad no tiene que esperar hasta el día de la consumación para recibir su sentencia.
En aquel día sucederá algo muy importante: el veredicto será públicamente proclamado y la sentencia plenamente ejecutada (Jn 5:25-29).
Pero la decisión en sí misma, que es la base de esta proclamación pública, tiene lugar en el tiempo presente.
Por lo tanto, la condenación es un estado presente motivado por la negación del pecador a creer en Cristo, aunque Dios no deja de esperar a que el hombre se arrepienta y acepte la oferta del amor de Dios,
pero en tanto que esto no ocurra, el hombre vive en un estado de condenación bajo la maldición y la ira de Dios, siendo como dice el apóstol Pablo, “hijos de ira” (Ef 2:3).
El hombre pecador ya está bajo la condenación de Dios. Su única esperanza es ser redimido por la gracia de Dios.
Su rechazo de esa gracia sella su condición de condenación. Y por supuesto, todos los hombres sabemos en lo profundo de nuestro corazón que esto es efectivamente así, que estamos bajo la condenación y el juicio de Dios. La ley de Dios nos condena y nuestras propias conciencias se hacen eco de esta misma realidad.
Pero aunque todos los hombres están ya condenados y encarcelados, Dios ha intervenido para liberarnos del poder de la potestad de las tinieblas, y trasladarnos al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados (Col 1:13-14).
En la medida en que entendemos que esta es nuestra posición ante Dios, llegamos a apreciar mucho más su amor por salvarnos.

 

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Fuente: Aquí

 

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